Dictados espontáneos
(Comunicación particular obtenida por la Sra. de Desl..., miembro de la Sociedad, dictada por su marido desencarnado)
Los dos siguientes dictados han sido obtenidos en un pequeño Círculo íntimo del barrio del Luxemburgo, y nos han sido comunicados por nuestro colega, el Sr. Solichon, que los ha asistido. Lamentamos que nuestras ocupaciones no nos hayan aún permitido comparecer a esas reuniones, para las cuales tuvieron a bien invitarnos. Nos sentiremos felices cuando podamos asistir a las mismas, porque sabemos que son presididas por un sentimiento de verdadera caridad cristiana y de recíproca benevolencia.
Estoy feliz por veros a todos reunidos por la misma fe y con el amor de Dios todopoderoso, nuestro Divino Señor. Que Él pueda siempre guiaros por la buena senda y colmaros de sus beneficios, lo que hará si os volveres dignos.
Amaos siempre los unos a los otros como hermanos; prestaos mutuo apoyo, y que el amor al prójimo no sea para vos una palabra sin sentido.
Recordaos que la caridad es la más bella de las virtudes y que, de todas, es la más agradable a Dios; no sólo esa caridad que da un óbolo a los desafortunados, sino aquella que os hace tener compasión por los infortunios de nuestros hermanos; de aquella que os hace compartir sus dolores morales para aliviar los fardos que los oprimen, a fin de volverles el dolor menos vivo y la vida más fácil.
Acordaos que el arrepentimiento sincero obtiene el perdón de todas las faltas, tan grande es la bondad de Dios. El remordimiento no tiene nada en común con el arrepentimiento. Hermanos míos, el remordimiento ya es el preludio del castigo; el arrepentimiento, la caridad, la fe, os llevará a la felicidad reservada a los Espíritus buenos.
Escucharéis la palabra de un Espíritu superior, estimado por Dios; recogeos y abrid vuestro corazón a las lecciones que os dará.
Los médiums
Estoy satisfecha en ver que todos sois puntuales al encuentro que he marcado con vosotros. Que la bondad de Dios se extienda sobre vosotros y que vuestros ángeles guardianes siempre puedan ayudaros con sus consejos, preservándoos de la influencia de los Espíritus malos, si supiereis escuchar la voz de aquéllos y si consiguiereis cerrar vuestros corazones al orgullo, a la vanidad y a los celos.
Dios me ha encargado de cumplir una misión entre los creyentes que Él ha amparado con el mediumnato. Cuanto más gracias reciben del Altísimo, más peligros corren, y estos peligros son bien mayores porque nacen de las mismas gracias que Dios les concede.
Las facultades de que gozan los médiums les atraen los elogios de los hombres, las felicitaciones, las adulaciones: he aquí su escollo. Estos mismos médiums, que deberían tener siempre presente en la memoria su incapacidad primitiva, la olvidan; y hacen más: lo que sólo deben a Dios, ellos lo atribuyen a su propio mérito. ¿Qué sucede entonces? Los Espíritus buenos los abandonan; al quedarse sin brújula para guiarse, se convierten en juguetes de los Espíritus embusteros. Cuanto más capacidad adquieren, más son inducidos a atribuirse el mérito de su facultad, hasta que finalmente Dios, para punirlos, les retira el don que no puede sino resultarles fatal.
No estaría de más recordaros que os encomendéis a vuestro ángel guardián, a fin de que él os ayude a manteneros alerta contra vuestro más cruel enemigo: el orgullo. Acordaos que, sin el amparo de vuestro Divino Maestro, vosotros, que tenéis la felicidad de ser los intermediarios entre los Espíritus y los hombres, seréis punidos más severamente si no hubiereis aprovechado la luz, porque habéis sido más favorecidos.
Me complazco en creer que esta comunicación, de la cual darás conocimiento a tu Sociedad, habrá de dar sus frutos, y que todos los médiums que allá también se encuentren reunidos, se mantengan alertas contra el escollo en el que podrían estrellarse; este escollo –como ya he dicho a todos– es el orgullo.
JUANA DE ARCO
Aviso – Estamos felices en anunciar a nuestros lectores la reimpresión de la Historia de Juana de Arco dictada por ella misma. Esta obra aparecerá dentro de poco en la librería del Sr. Ledoyen. Hablaremos nuevamente de este libro.
ALLAN KARDEC